La España Grande y Libre ha decidido que la personalización de todos los males sociales, éticos y políticos que nos afectan recaiga sobre Guillermo Toledo y sus calentones verbales. Veo que, días después de la ofensiva mediática lanzada contra él, Toledo explica sus declaraciones en torno al caso Zapata y ni con éstas consigue acallar la ira de una muy importante (y más ruidosa) parte de nuestra sociedad. Vivimos en un país donde la culpa no cuaja sin culpables y donde un actor consigue que sus declaraciones obtengan la misma repercusión que la de un jefe de Estado.
¿He dicho la misma? Me he quedado corto. Mucho más… pero claro, ahora que lo recuerdo este Toledo es el que se inmortalizó en aquella gala de los Goya con una serie de reflexiones sobre la Guerra de Irak. Entiendo. Desde entonces es culpable por opinar de manera reiterada.
Va a ser eso, que en el Estado de Derecho en el que se supone que vivimos, la opinión (aún la que se matiza a base de empujones) está fuera de lugar. ¿He dicho la opinión? estoy disperso, quería decir la culpa. La culpa es la que está fuera de lugar. Y lo está porque, como el pecado original, es de todos. Y eso no es cómodo.
No, es mucho mejor buscar culpables, someterlos a juicio público y cercar su libertad de expresión hasta que se escondan por miedo.
Y eso sólo pasa en Cuba ¿no?
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