El otro día, de copas, un colega me dijo que se había pegado con alguien por primera vez. Media hora más tarde me largué para no partirle la cara. Supongo que el miedo (y peor todavía, el miedo al miedo) está detrás de estos comportamientos tan elementales.
Pienso en los tíos con huevos (Armando me señala a Pérez Reverte) y en dónde los tienen puestos, y a qué horas y para qué. En concreto, recuerdo a Reverte cuando cubría la guerra de la ex Yugoslavia. Durante una entradilla ante cámara, aparecía inhiesto (como es él) delante de una barricada en la que unos milicianos agazapados intercambiaban tiros con sus homólogos del frente. La imagen sobrecogía. Sobre todo si tenemos en cuenta que mientras los contendientes se tomaban la molestia de levantarse, disparar y volverse a agachar para evitar que les levantaran la tapa de los sesos, Arturo hablaba ante cámara durante más de un minuto con medio cuerpo sobresaliéndole del parapeto.
Esos son huevos, mala puntería o un escenario digno de Hazañas Bélicas.
Pérez Reverte jalona sus novelas de protomachos que exudan testosterona. Doy fe de que me he pegado más de una vez y como diría él “he partido más de un alma”. Da igual, sé que sigo siendo un tiempo que se conjuga en presente y que unas veces soy cobarde y otras valiente, que nunca lo eres en proporción a los golpes que das o recibes, y que, desde la asunción de mi yo imperfecto, siempre impone respeto decidir qué está bien o qué está mal.
La otra noche, cuando el colega recién entrado en el club de los protomachos, se puso gilipollas tuve una visión reveladora: me vi aplastandole la cara, desparramando copas y rompiendo mesas… qué horror, me di miedo y sentí verguenza de lo que estaba por venir. Yo no soy así. No debo serlo. Por sus cojones, nadie debiera serlo. Pero todos los días lo vemos: el miedo (peor aún, el miedo al miedo) prevalece.
Enfrente quedan los momentos, los hechos aislados.
El otro día me provocaron y, en lugar de comportarme como el macarra que soy, decidí dar la vuelta y buscar en la soledad de la noche respuestas imposibles a preguntas absurdas. Dormí de puta madre.
¿Y qué pasa si sucede en una casa, un ámbito de convivencia con normas para aplicar o “por aplicar” donde se ven afectados niños y donde se le puede dar un ultimátum al agresivo opresor, el cual no es padre ni madre, y vive a costa de ellos, les insulta, les amenaza y además tiene entre ceja y ceja a otro hermano que, por no volver a vacilar y llenar la casa de terror empieza a callarse pensando que está dando lugar, en parte, a la cobardía y la indefensa de su dignidad? Entienden que esto puede acabar muy mal? no sé si lamentarme o simplemente llorar. Esto es muy triste. ¿se merece un tio de 21 años que le echen a la calle por su pésimo y lamentable comportamiento? ¿O deben seguir sufriendo sus padres y hermanos situaciones de violencia y terror en un sitio al que la gente llama “seguro” como es el hogar? Se buscan soluciones constructivas, señores. Gracias.
Por: Kids on the block el 16 agosto 2011
a las 01:32